“Tal vez el verdadero indicador de calidad de un sistema educativo no sea únicamente cuánto enseñan sus escuelas, sino cuánto aprende el propio sistema de aquello que ocurre dentro de ellas.”

Por Faride Osman Flores

Son las siete de la mañana, en algún lugar del país una profesora entra a su salón de clases había preparado cuidadosamente la actividad del día, pero descubre que tendrá que cambiarla, el internet volvió a fallar, dos estudiantes no llegaron porque la creciente del río les impidió salir de su comunidad y otro permanece en silencio desde hace semanas. La planeación escrita deja de servirle, observa, escucha, decide, improvisa, cuando termina la jornada sabe algo que no sabía al abrir la puerta del aula: aprendió. En esa escuela acaba de producirse conocimiento. La pregunta es otra. ¿Quién aprenderá de él?

Cada día miles de escuelas generan información sobre aquello que funciona, aquello que fracasa y aquello que nunca imaginaron los documentos oficiales. Sin embargo, gran parte de ese conocimiento termina exactamente donde nació: en la experiencia del docente, en la memoria de un colectivo escolar o, con suerte, en un informe administrativo que pocas veces modifica la forma en que el sistema comprende sus propios problemas. Ésa es una paradoja que merece ser tomada en serio, vivimos en una época obsesionada con el aprendizaje, queremos estudiantes que aprendan durante toda la vida, exigimos docentes en formación permanente, pedimos escuelas innovadoras, celebramos la sociedad del conocimiento, pero casi nunca formulamos una pregunta que debería parecer evidente. ¿Aprenden también las instituciones encargadas de organizar todo ese esfuerzo?

Ésta no es únicamente una pregunta educativa, podría hacerse sobre la salud pública, la justicia, la seguridad o el medio ambiente. Sin embargo, la educación constituye un laboratorio privilegiado para observarla porque pocas políticas públicas producen diariamente una cantidad tan grande de experiencias sobre cómo aprenden las personas, cómo cambian las comunidades y cómo responden las instituciones. Paradójicamente, hemos dedicado décadas a estudiar el aprendizaje de los estudiantes y mucho menos tiempo a preguntarnos cómo aprenden los propios sistemas educativos.

La literatura internacional ha recorrido parte de ese camino. Peter Senge mostró que las organizaciones pueden aprender, Chris Argyris y Donald Schön distinguieron entre corregir errores y revisar los supuestos que los originan,Michael Fullan y Andy Hargreaves explicaron que las reformas educativas sólo prosperan cuando desarrollan capacidades institucionales y profesionales. Ese diálogo ha enriquecido profundamente nuestra comprensión del cambio. Pero deja abierta una pregunta decisiva. ¿Cómo sabemos que una política educativa realmente aprendió?

No basta con publicar un nuevo currículo, no basta con reorganizar la administración y no basta con emitir nuevos lineamientos. Cambiar no significa aprender, una institución aprende cuando la experiencia modifica la manera en que comprende un problema y esa nueva comprensión mejora la calidad de sus decisiones. Ésa es la diferencia fundamental, por eso propongo utilizar la expresión inteligencia institucional no como una metáfora, sino como una categoría analítica para describir la capacidad de una institución de incorporar sistemáticamente la experiencia, revisar sus propios supuestos, construir memoria y transformar ese aprendizaje en mejores decisiones públicas.

La distinción importa, una institución puede ser extraordinariamente eficiente repitiendo durante décadas el mismo procedimiento, sólo demuestra inteligencia cuando es capaz de cambiar la manera en que interpreta la realidad a partir de lo que esa realidad le enseña, ésa es una exigencia mucho mayor y también mucho más incómoda, porque supone aceptar que la evidencia puede obligar a revisar decisiones previamente defendidas, supone reconocer que la experiencia cotidiana de una escuela puede contener información suficiente para replantear una política nacional, supone admitir que rectificar no necesariamente debilita la autoridad. Puede fortalecerla, porque demuestra que el poder conserva la capacidad de aprender, durante demasiado tiempo confundimos el cambio con el aprendizaje. Cada reforma educativa llega acompañada de nuevos programas de estudio, nuevas formas de evaluación, nuevas prioridades y nuevos discursos. Cambian los documentos, cambian las estructuras y cambian los nombres. Sin embargo, ninguna transformación será verdaderamente profunda si las instituciones encargadas de conducirla continúan interpretando la realidad exactamente de la misma manera.

Aprender no consiste únicamente en modificar procedimientos, aprender significa modificar la comprensión. Ésa es la diferencia entre una institución que administra el cambio y una institución que se transforma gracias al cambio. En educación repetimos, con razón, que el error forma parte del aprendizaje, lo enseñamos en nuestras aulas, lo defendemos en nuestras teorías pedagógicas, lo esperamos de nuestros estudiantes, pero rara vez aceptamos aplicar ese mismo principio a las instituciones responsables de conducir el sistema educativo, quizá ahí resida una de nuestras contradicciones más profundas. Esperamos ciudadanos capaces de aprender durante toda la vida, sin embargo, casi nunca nos preguntamos si el Estado conserva esa misma disposición, no se trata de construir instituciones infalibles, las instituciones democráticas no se distinguen porque nunca se equivocan. Se distinguen porque son capaces de reconocer la evidencia, revisar sus decisiones y rectificar cuando la experiencia demuestra que estaban equivocadas.

Cada mañana, miles de escuelas producen conocimiento sobre nuestro país, conocimiento sobre la desigualdad, sobre la pobreza, sobre el talento, sobre las posibilidades de una comunidad, sobre aquello que funciona y sobre aquello que fracasa. La cuestión nunca ha sido si ese conocimiento existe, la cuestión es otra.¿Somos capaces de escucharlo? Quizá el verdadero indicador de calidad de un sistema educativo no sea únicamente cuánto enseñan sus escuelas, quizá sea cuánto aprende el propio sistema de aquello que ocurre dentro de ellas y si esa afirmación es correcta, entonces la educación deja de ser solamente una política pública, se convierte en el lugar donde una democracia pone a prueba su propia capacidad para aprender de la realidad que ella misma produce, porque una maestra puede transformar la vida de un grupo de estudiantes, una escuela puede transformar una comunidad, un sistema educativo puede transformar el futuro de una generación, pero sólo instituciones capaces de aprender podrán transformar, de manera duradera, el destino de un país.

Por eso esta columna no pretende cerrar una discusión, aspira, apenas, a formular una pregunta que considero ineludible. Si esperamos que cada estudiante aprenda durante toda la vida, ¿con qué argumentos aceptaríamos que las instituciones encargadas de educarlo dejaran de hacerlo? Porque el futuro de una nación nunca dependerá únicamente de lo que aprendan sus estudiantes.También dependerá de lo que sean capaces de aprender las instituciones que decidieron educarlos.