Veracruz: los números contra la narrativa.
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“Los hechos son testarudos”. — John Adams.
Hay momentos en que la realidad termina siendo bastante incómoda para quienes llevan meses empeñados en construir la narrativa de un Veracruz incendiado, paralizado y condenado al fracaso. Y esta vez quien viene a estropearles el discurso no es el Gobierno del Estado, ni Morena, ni algún propagandista de la llamada Cuarta Transformación. Es el INEGI.
Los números recientemente conocidos obligan, cuando menos, a revisar algunas de las sentencias apocalípticas que cotidianamente circulan en columnas, redes sociales y espacios informativos.
La ENVIPE 2026 arroja un dato particularmente significativo: durante 2025 Veracruz registró 14 mil 171 víctimas del delito por cada 100 mil habitantes, frente a 17 mil 503 del año anterior. La reducción fue de aproximadamente 19 por ciento y estadísticamente significativa. Con ello, Veracruz alcanzó la segunda tasa de victimización más baja del país, solamente detrás de Chiapas, y quedó considerablemente debajo del promedio nacional de 23 mil 473 víctimas.
¿Significa eso que Veracruz dejó de tener problemas de seguridad? Por supuesto que no.
Aquí aparece precisamente el dato que el gobierno de Rocío Nahle García no debería ignorar: 81.3 por ciento de los veracruzanos mayores de edad todavía considera inseguro vivir en la entidad, frente al 74 por ciento nacional. Veracruz aparece incluso entre las entidades con mayor percepción de inseguridad.
Esa contradicción resulta reveladora.
Una cosa es la victimización efectiva y otra la percepción. La primera está descendiendo; la segunda continúa demasiado elevada. Por eso el reto gubernamental no consiste únicamente en bajar delitos, sino en conseguir que esa reducción llegue a sentirse en colonias, carreteras, comercios y comunidades.
En materia económica ocurre algo parecido.
Durante el primer trimestre de 2026 Veracruz registró alrededor de 3.35 millones de personas ocupadas, 2.28 por ciento más que el trimestre anterior. Para el segundo trimestre, la ENOE reportó alrededor de 3.31 millones de ocupados y una tasa de desocupación de apenas 1.9 por ciento.
Son números importantes para una administración que, desde su llegada, ha colocado entre sus prioridades la seguridad, la infraestructura, la atracción de inversiones y la generación de condiciones para que Veracruz recupere dinamismo económico.
Pero tampoco aquí caben las campanas al vuelo.
Porque el verdadero talón de Aquiles está en la calidad del empleo: la informalidad laboral se mantiene alrededor del 69 por ciento, mientras 41 por ciento de la población ocupada se encontraba en condiciones críticas de ocupación durante el segundo trimestre. Además, aunque la pobreza laboral mostró una reducción anual de tres puntos porcentuales, sigue existiendo una enorme tarea para convertir ocupación en empleos formales, mejor remunerados y con seguridad social.
Ahí debería concentrarse buena parte de la siguiente etapa de las políticas públicas de Nahle: no solamente atraer inversiones, sino procurar que éstas produzcan cadenas regionales de proveeduría, empleos formales y mejores salarios.
Porque gobernar tampoco consiste en presumir estadísticas cómodas y esconder las incómodas.
Pero exactamente la misma regla debería aplicarse a la oposición.
Resulta curioso observar cómo algunos actores políticos y medios afines encuentran gigantescas las cifras negativas cuando sirven para golpear al gobierno y microscópicas cuando muestran avances. Si el INEGI hubiera colocado a Veracruz entre los estados con mayor victimización, seguramente tendríamos titulares nacionales durante varios días. Pero cuando el organismo ubica a la entidad con la segunda tasa más baja del país, súbitamente aparecen silencios, matices y hasta dificultades para encontrar espacio.
Y ese doble rasero también es propaganda.
La oposición está en todo su derecho de cuestionar, denunciar y fiscalizar. Para eso existe. Lo que resulta menos defendible es pretender que Veracruz fracase para después presentarse como alternativa.
Porque detrás de cierta campaña de desgaste parece existir nostalgia por aquel viejo régimen donde algunos políticos, empresarios y comunicadores encontraron durante años acomodo, contratos, privilegios y cercanía con el poder.
Los datos del INEGI no certifican ningún paraíso veracruzano. Hay informalidad, bajos ingresos y una percepción de inseguridad que debe preocupar seriamente al gobierno.
Pero tampoco certifican el infierno que algunos llevan meses intentando vender.
Veracruz tiene problemas, sí; pero también comienza a mostrar resultados.
Y para quienes apostaron políticamente a que todo saliera mal, quizá ese sea precisamente el dato más incómodo.
Y quizá ahí radique la verdadera rasquiña de la oposición: no en que Veracruz tenga problemas —porque los tiene y deben atenderse—, sino en que comience a resolverlos y le vaya bien. Les molesta que las cifras oficiales contradigan el desastre que necesitan vender; les incomoda que bajen indicadores negativos, que haya inversión, empleo y resultados que rompan su narrativa. Porque para quienes han apostado su futuro político al fracaso del gobierno de Rocío Nahle, cada avance de Veracruz termina siendo una derrota propia. Esa es la paradoja de una oposición extraviada: necesita que al estado le vaya mal para intentar que a ellos les vaya bien. Y cuando los números comienzan a demostrar lo contrario, no presentan argumentos: les da rasquiña.
Al tiempo.
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“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx