Por Elsbeth Lenz

Conforme se acerca la temporada electoral, hay quienes van afinando propuestas y quienes prefieren afilar las tijeras: recortan una declaración, le quitan el contexto y la sirven al público con una generosa dosis de indignación. Total, explicar exige tiempo; escandalizar apenas necesita un encabezado.

Eso ocurrió con las palabras de la gobernadora Rocío Nahle y su referencia al “show mediático”. Una expresión cuyo tono puede discutirse, desde luego, pero que, según aclaró la mandataria, no estaba dirigida a las madres de niñas y niños con cáncer, a sus familias ni al personal médico que los atiende. Su señalamiento fue contra el aprovechamiento político del dolor ajeno.

Y aquí conviene poner cada cosa en su lugar. Una madre que exige medicamentos merece respuestas; un médico que denuncia carencias merece ser escuchado. Ninguno debería tener que guardar silencio para evitar incomodar al poder. Pero tampoco su angustia debe convertirse en utilería de campaña. Con los niños, no.

La gobernadora explicó que la polémica tuvo como antecedente la exposición de un caso de salud en un medio nacional. Este jueves reiteró su postura: no permitir que los enfermos, particularmente las niñas y los niños, sean utilizados para otros fines. Esa aclaración también forma parte de la historia, aunque resulte menos rentable que mantener encendido el pleito.

Porque una cosa es exigir que el sistema funcione y otra encontrar en cada carencia una oportunidad para cobrar dividendos políticos. La diferencia está en el propósito: conseguir atención para el paciente o conseguir reflectores para uno mismo.

Mientras se discute la frase, Nahle reporta haber recorrido 31 de los 61 hospitales del IMSS Bienestar en Veracruz. Las visitas incluyen revisar farmacias, preguntar por faltantes, identificar excedentes, escuchar al personal y registrar necesidades de infraestructura. Ese trabajo debe valorarse por sus resultados: medicamentos disponibles, servicios oportunos y pendientes resueltos.

La propia mandataria ha reconocido que existen faltantes, inmuebles que requieren mantenimiento, hospitales que necesitan ampliaciones y trabajadores que demandan mejores condiciones. Es decir, hay problemas que atender. Y reconocerlos obliga a algo más que responder a la polémica: obliga a corregirlos.

La redistribución de medicamentos entre unidades con excedentes y hospitales con necesidades puede ayudar, siempre que se traduzca en lo verdaderamente importante: que una familia encuentre el tratamiento cuando lo necesita. Para quien espera una medicina, las explicaciones administrativas sirven de poco si la receta sigue sin surtirse.

La universalidad de la salud impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum exige coordinación, recursos y seguimiento. También exige escuchar las críticas legítimas, porque ningún sistema mejora a fuerza de aplausos. Pero el debate pierde sentido cuando la atención al paciente queda relegada por la disputa sobre quién ganó el intercambio de declaraciones.

Así que sí: revisemos el abasto, pidamos cuentas y señalemos lo que falta. La salud merece toda la vigilancia pública posible. Lo que no merece es convertirse en ring electoral, con las familias sentadas en primera fila y pagando el costo de los golpes.

Porque los niños necesitan medicamentos, atención y esperanza. Los votos, señoras y señores, búsquenlos por otro lado.