Mucho se ha dicho sobre la Nueva Escuela Mexicana. Con frecuencia escuchamos que el humanismo educativo significa disminuir la exigencia académica, evitar cualquier consecuencia ante las faltas de los estudiantes o incluso debilitar la autoridad de quienes tenemos la responsabilidad de educar. Sin embargo, basta revisar el artículo 3° constitucional, la Ley General de Educación, el Marco Curricular Común de la Educación Media Superior, los acuerdos secretariales vigentes y la propia Ley de Educación del Estado de Veracruz para comprender que esa interpretación es equivocada.
La Nueva Escuela Mexicana coloca a la persona en el centro del proceso educativo, pero jamás plantea que los derechos estén separados de las responsabilidades. Por el contrario, una educación verdaderamente humanista busca formar personas libres, críticas, solidarias y responsables de sus decisiones.
En este sentido, los acuerdos de convivencia escolar son fundamentales. Cuando éstos han sido construidos conforme a la normatividad, socializados oportunamente y comprendidos y firmados por estudiantes, madres, padres o tutores, constituyen una herramienta legítima para garantizar el bienestar de toda la comunidad educativa. Debemos decirlo con claridad: toda medida institucional puede aplicarse siempre que se encuentre prevista en los acuerdos de convivencia, respete la dignidad de las personas y se apegue al marco legal vigente. El problema no es la existencia de reglas; el problema es olvidar que las reglas también protegen derechos.
La autoridad docente tampoco se contrapone al humanismo. Paulo Freire, uno de los pedagogos más citados y también más malinterpretados, nunca propuso la desaparición de la autoridad. Lo que cuestionó fue el autoritarismo. Freire defendió una autoridad democrática basada en el diálogo, la coherencia, el respeto y la responsabilidad. Educar implica escuchar, comprender y acompañar, pero también orientar, establecer límites y ayudar a que los jóvenes comprendan que sus actos tienen consecuencias.
Por supuesto, el bienestar de los estudiantes debe ser siempre una prioridad. Ningún aprendizaje significativo puede construirse en ambientes de miedo, exclusión o violencia. Pero también debemos reconocer una verdad que pocas veces se menciona: ninguna persona que no se siente valorada, comprendida y respetada puede procurar plenamente el bienestar de otros. Por ello, el bienestar docente no es un privilegio ni una demanda secundaria; es una condición indispensable para una educación de calidad. Un docente escuchado, respaldado y reconocido estará en mejores condiciones de acompañar a sus estudiantes y contribuir a su desarrollo integral.
Como maestra, creo profundamente en el humanismo. Creo en la empatía, en el diálogo y en las segundas oportunidades. Pero también creo que amar a nuestros estudiantes no significa renunciar a la exigencia. Significa creer tanto en ellos que somos capaces de pedirles responsabilidad, compromiso y respeto hacia sí mismos y hacia los demás.
La Nueva Escuela Mexicana no elimina la autoridad docente ni promueve la aprobación automática. Nos invita a construir escuelas más humanas, pero también más responsables. Porque el humanismo exige responsabilidad, y porque el amor por la educación nunca debe confundirse con la renuncia a aquello que ayuda a nuestros jóvenes a crecer.