Cada inicio de semestre vuelve a aparecer el mismo comentario en las salas de maestros, en reuniones académicas y, con frecuencia, en las redes sociales: “Ahora ya todos pasan.” Hay quien afirma que la Nueva Escuela Mexicana eliminó la exigencia, que las calificaciones se regalan o que reprobar a un estudiante prácticamente está prohibido. Como docente de Educación Media Superior, confieso que siempre escucho esas afirmaciones con una mezcla de sorpresa y preocupación. Sorpresa, porque pocas veces una idea tan repetida se encuentra tan alejada del verdadero sentido de la evaluación que hoy propone nuestro marco educativo. Y preocupación, porque cuando reducimos el debate a si un alumno aprueba o reprueba, perdemos de vista la pregunta realmente importante: ¿estamos evaluando lo que nuestros estudiantes son capaces de hacer con lo que aprenden?

Desde mi experiencia en el bachillerato, encuentro profundamente esperanzador que, por fin, las políticas educativas mexicanas coloquen esta pregunta en el centro de la discusión. No porque antes no existiera sustento teórico para hacerlo —de hecho, décadas de investigación pedagógica lo respaldan—, sino porque hoy ese enfoque quedó claramente expresado en el marco normativo que orienta a la Educación Media Superior: el artículo 3.º de la Constitución, la Ley General de Educación, el Marco Curricular Común de la Educación Media Superior establecido en el Acuerdo 21/08/25, el Modelo Educativo de Educación Media Superior 2025, los programas de estudio, los acuerdos vigentes en materia de evaluación, el Plan Nacional de Desarrollo y el Programa Sectorial de Educación. Todos ellos convergen en una idea esencial: evaluar significa comprender cómo aprenden las personas para favorecer su desarrollo integral, no únicamente asignar una calificación al finalizar un periodo. Esta visión tampoco nació con la Nueva Escuela Mexicana. Tiene profundas raíces en el pensamiento de Paulo Freire, quien nos recordó que educar nunca consiste en depositar información en la memoria de los estudiantes, sino en generar procesos de comprensión crítica de la realidad. Dialoga con Carl Rogers, quien colocó a la persona en el centro del proceso educativo; con John Dewey, que defendió el aprendizaje desde la experiencia; con David Ausubel, quien explicó que aprender implica construir significados; con Lev Vygotsky y Jerome Bruner, que mostraron el papel del contexto y de la interacción social; con Philippe Perrenoud, Dylan Wiliam, Paul Black, Richard Stiggins y Royce Sadler, quienes transformaron nuestra comprensión de la evaluación formativa; y con Edgar Morin, cuya propuesta de pensamiento complejo nos invita a reconocer que la realidad educativa no puede reducirse a respuestas correctas o incorrectas.

Por eso me parece tan limitado afirmar que “ahora se regalan las calificaciones”. Quien realmente evalúa conforme a estos principios sabe que ocurre exactamente lo contrario. Evaluar desde un enfoque formativo exige mucho más trabajo profesional que calificar un examen memorístico. Es relativamente sencillo revisar respuestas de opción múltiple y asignar un número. Lo verdaderamente complejo es valorar procesos de aprendizaje, analizar evidencias, observar desempeños auténticos, acompañar la mejora continua y emitir juicios sustentados sobre competencias, saberes, habilidades, actitudes y valores que los estudiantes ponen en juego en contextos reales. La evaluación dejó de preguntarse cuánto recuerda un estudiante para comenzar a preguntarse qué es capaz de hacer con lo que sabe. Esa diferencia cambia absolutamente todo. Durante décadas acostumbramos a muchos jóvenes a estudiar para aprobar un examen y olvidar el contenido pocos días después. Hoy el desafío es distinto. Esperamos que argumenten, comuniquen, resuelvan problemas, colaboren, investiguen, analicen información, relacionen conocimientos con situaciones reales y construyan soluciones pertinentes para su comunidad. Ese nivel de aprendizaje difícilmente puede medirse con un único examen escrito. Precisamente ahí reside el corazón del humanismo que inspira a la Nueva Escuela Mexicana. El estudiante deja de ser visto como un receptor de información para convertirse en un sujeto que aprende, interpreta, crea y transforma su entorno. Pero esa transformación también alcanza al docente. Ya no basta con transmitir contenidos; ahora debemos diseñar experiencias de aprendizaje, generar ambientes seguros, ofrecer retroalimentación oportuna y construir instrumentos de evaluación coherentes con las progresiones de aprendizaje.

¿Significa esto que todos deben aprobar? De ninguna manera, quizá este sea el mito que con mayor urgencia necesitamos desmontar. La evaluación formativa jamás ha significado eliminar la exigencia académica. Al contrario, demanda mayor claridad desde el inicio del proceso. Como docentes tenemos la responsabilidad ética y profesional de establecer, desde la planeación didáctica, los criterios de evaluación, las evidencias esperadas, las oportunidades de mejora y los compromisos que deberán asumir tanto los estudiantes como sus familias. Cuando estos acuerdos son conocidos, comprendidos y acompañados oportunamente, la evaluación adquiere transparencia y legitimidad. Si, aun después de haber ofrecido acompañamiento, retroalimentación, oportunidades de recuperación y condiciones adecuadas para aprender, un estudiante no alcanza los aprendizajes previstos en las progresiones establecidas, entonces reprobar no solo es posible: puede ser pedagógicamente correcto y éticamente responsable. Lo verdaderamente injusto sería aprobar sin evidencias suficientes o reprobar sin haber garantizado un proceso de enseñanza congruente con los principios que orientan nuestro trabajo.

Freire advertía que enseñar exige rigor. Amar profundamente a nuestros estudiantes nunca ha significado renunciar a la exigencia. El auténtico humanismo no elimina los retos; los hace más justos, más claros y más significativos. Por eso considero que el debate sobre la evaluación en el bachillerato debería abandonar los lugares comunes. No se trata de discutir si antes era más difícil aprobar o si ahora es más sencillo. Esa comparación resulta superficial y poco útil. La verdadera pregunta es otra: ¿estamos evaluando aquello que realmente importa para la vida de nuestros estudiantes? Si la respuesta es afirmativa, entonces la evaluación deja de ser un mecanismo de control para convertirse en una poderosa herramienta de aprendizaje. Como docentes de Educación Media Superior tenemos una oportunidad histórica. Podemos seguir evaluando únicamente aquello que los jóvenes logran memorizar para un examen, o podemos asumir el reto de valorar aquello que comprenden, argumentan, crean, comunican y son capaces de transformar a partir de lo aprendido.

Personalmente, celebro que el marco educativo mexicano avance en esta dirección. No porque signifique disminuir la exigencia, sino precisamente porque nos obliga a elevarla. Exige más preparación del docente, mayor coherencia en la planeación, mejores instrumentos de evaluación y un compromiso ético permanente con el aprendizaje auténtico. Quizá por eso me resulta tan sorprendente escuchar, todavía hoy, que la Nueva Escuela Mexicana pretende regalar calificaciones. Después de revisar con atención sus fundamentos jurídicos, pedagógicos y humanistas, mi conclusión es exactamente la contraria. No nos pide evaluar menos, Nos pide evaluar mejor y, desde mi perspectiva como maestra de bachillerato, ese es uno de los cambios más profundos, más desafiantes y, al mismo tiempo, más esperanzadores que ha vivido la Educación Media Superior en nuestro país.