Por Elsbeth Lenz

Hay quienes procesan una derrota electoral haciendo política y quienes prefieren instalarse en el escándalo permanente. Estos últimos tienen una agenda bastante sencilla: sospechar por la mañana, insinuar por la tarde y repetir por la noche. Las pruebas, por lo visto, pueden entregarse después. O nunca.

A Rocío Nahle le vuelven a servir el menú de la campaña de 2024, con distintos encabezados y renovadas dosis de dramatismo. Porque cuando el argumento empieza a envejecer, siempre queda la esperanza de que una nueva envoltura distraiga al lector.

Ahora tocó el turno a una publicación sobre presuntos vínculos de su esposo con “El Tanque”. La gobernadora rechazó el señalamiento, lo calificó como una “rotunda mentira y calumnia” y emplazó a Jorge Fernández a demostrar lo publicado y presentar las denuncias correspondientes.

El reto es bastante concreto. Si existen documentos, que se exhiban; si hay hechos que pudieran constituir un delito, que se denuncien. Una acusación de ese tamaño merece algo más que un encabezado diseñado para levantar las cejas.

Aunque hay que reconocer que el procedimiento resulta comodísimo: uno publica, el otro se defiende y, mientras aparecen las aclaraciones, la sospecha ya recorrió las redes, consiguió comentaristas y hasta fue elevada a verdad por quienes jamás necesitaron demasiados elementos para convencerse.

Después vino Latinus con otro reportaje que pretendió relacionar a Nahle con Amílcar Olán. La mandataria negó conocerlo y respondió con una expresión que deja bastante claro el concepto que le merece el señalamiento: “Lord Montajes”.

Respecto de Dos Bocas, sostuvo que cuando dejó su responsabilidad el complejo tenía 74 auditorías de órganos de control y firmas externas, entre ellas la Auditoría Superior de la Federación y KPMG. También negó que la persona señalada hubiera trabajado ahí o tuviera empresas relacionadas con la refinería.

Ahí hay afirmaciones concretas que pueden contrastarse. Revisar documentos, precisar responsabilidades y conocer los resultados de las auditorías permitiría una discusión bastante más útil. Claro, eso exige tiempo y trabajo; la insinuación tiene la enorme ventaja de que cabe completa en un título.

A una gobernadora se le pregunta, se le investiga y se le exigen cuentas. Para eso está el periodismo y para eso existen las instituciones de fiscalización. Pero quien formula una acusación también tiene responsabilidades. La credencial de periodista no convierte las conjeturas en hechos ni vuelve innecesarias las pruebas.

Además, cuando el golpe alcanza a la familia y la trayectoria de una mujer vuelve a explicarse mediante los hombres que supuestamente la rodean, conviene detenerse un momento. Esa costumbre de concederles a ellas el cargo, pero reservarles a ellos la inteligencia, las decisiones y las relaciones de poder, tiene una antigüedad que ya debería causar cierto pudor.

Nahle lleva años en el oficio político. Se puede discrepar de sus decisiones y cuestionar sus resultados, pero atribuirle una permanente dependencia masculina revela bastante sobre la mirada de quien escribe.

Apenas el lunes, al hablar de los ataques contra las mujeres en política, la gobernadora advirtió que hay límites y señaló la apuesta por hacerlas parecer débiles. “Las mujeres son muy fuertes”, respondió.

Y sí, la fortaleza ayuda. Aunque tampoco tendría que convertirse en requisito para soportar agravios cotidianos. Bastante trabajo implica gobernar como para que, además, haya que acreditar todos los días resistencia al descrédito personal.

Veracruz merece una discusión pública a la altura de sus problemas: seguridad, salud, educación, infraestructura y resultados que puedan medirse. Hay materia de sobra para preguntar con firmeza y exigir respuestas.

Para eso hacen falta documentos, investigación y argumentos.

Pero hay quienes, ante la falta de pruebas, han hecho de la insinuación su más refinada aportación al debate público.